jueves, 22 de septiembre de 2016

¡Bienvenido, otoño!


Ya está aquí el otoño, ya ya puedo empezar a leer el libro que pedí hace algunas semanas para conmemorar la época que, después de la Navidad, más me gusta del año. La introducción confirma que somos muchas quienes preferimos esta estación. Como pienso comprarme los siguientes libros dedicados a esta estación, habrá que ver qué dice la editora en la introducción a las otras. 









Además, hoy es el cumpleaños de Bilbo y de Frodo Baggins. Para celebrar ambos eventos, he hecho este bizcocho vegano; una variación del clásico bizcocho de yogur, sustituyendo los huevos por plátanos y No-egg y el yogur tradicional, por yogur de soja. En mi blog sobre cocina "vegaterránea" podéis encontrar la receta (http://vegaterraneancorner.blogspot.com.es/2016/09/bizcocho-de-cumpleanos-de-bilbo-baggins.html)  y, en este otro, el viaje que inicié este mes de septiembre con la relectura de The Lord of the Rings(http://margaontheroadwithhobbits.blogspot.com.es/2016/09/a-long-expected-party-x.html).


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Pelado



Ya no hay torneo del Toro de la Vega; ahora lo llaman Toro de la Peña. El toro no muere alanceado, pero muere igualmente, después de que la panda de cazurros tordesillanos se dedique a hacerlo correr, asustarlo, fatigarlo. Exhausto, Pelado se paró a beber agua de los charcos que había en la carretera, se refugió en el campo, fue anestesiado con un dardo tranquilizante y será (o ha sido ya, aquí las informaciones difieren) sacrificado de una descarga eléctrica. ¿Por qué hay tanta gente-mierda que sólo sabe divertirse torturando a quienes consideran sus inferiores? Para mí está claro quienes son los bestiajos de esta historia. Pelado, como todo ser vivo, quiere continuar viviendo, y su vida, para mí, tiene un valor infinitamente mayor que la de todos los tordesillanos y tordesillanas juntos. Pelado lindo, no pararemos hasta la abolición.



lunes, 15 de agosto de 2016

Y ahora Blue, Blu(e)sky :_(

Blu(e)sky (segundo por la izquierda) el día que llegó a casa. Qué pocas fotos me ha dado tiempo a hacerle.
También estaba todavía Nati (primera por la derecha, escondidilla)

Llegar a casa con el corazón roto y encontrar a Blusky en el suelo de la jaula, muerto, ha sido un bofetón que me ha dejado paralizada. Tres pérdidas en lo que va de año, y dos en tres días. No da tiempo a que se seque el pegamento del corazón cuando ya hay que estar volviendo a pegar. Por favor, una tregua.
Blusky llegó a casa el 15 de marzo y se ha ido el 15 de agosto. Así, silenciosamente, sin avisar, como lo hicieron en su momento Chiqui, Summery y Wintry. Era un periquito saltimbanqui, lleno de vida, y no entiendo nada. No sé la edad que tenía porque lo encontró mi amiga Rosa, que lo salvó de morir atropellado y yo lo adopté. Bueno, de hecho quedé con su hija Lola en que Blue (el nombre que ella le había puesto) era suyo, pero se alojaba en mi casa. No paró de hacer cabriolas en el rato que estuvo en el veterinario cuando lo llevé para que le quitaran la anilla que llevaba, mientras curaban a Nati. Ahora descansa con ella y con Misi, bajo el laurel de Daphne que planté hace tres meses, cuando enterré a Nati. Y yo estoy todavía que no me lo creo. Tiritando tengo el corazón.
Hemos compartido poco tiempo juntos, Blusky, pero cómo te has sabido hacer querer pequeñajo. Vuela hacia ese cielo azul como tú. Te quiero, pequeñín, y ya sabes que Love trumps death.


Su primera noche con su nueva familia, aquí con Trisky.

viernes, 12 de agosto de 2016

Princesse, mi Pinche, Pinchelinda, Pinchelora


Mirando por la ventana el día que llegó Portos
Estoy rota, traspasada de dolor, pero no quiero que termine el día sin escribir una entrada a Princesse, la compañera de Matthias desde hace más de 14 años y la mía desde hace 13. Hoy ha sido el día tan temido. El día al que me asomaba desde que empezó a flaquear hace casi un mes y que, con ese simple asomo, hacía que me ahogara y que no pudiera imaginarme la vida sin ella. En estos días en que me he despedido, me he vuelto a alegrar con su recuperación, a venirme abajo cuando flojeaba otra vez no sé cuántas veces me he dicho que no me hace ilusión vivir,  que vivir supone acumular despedidas y sufrimiento. No es la primera vez que lo siento, amar significa dejar el corazón abierto para el dolor. Pero también para las alegrías. Y, como siempre, me viene a la mente la cita de Shadowlands: "The pain now is part of the happiness then. That's the deal". Y lo pensaba cuando estaba con ella, agarrándole la mano, cubriéndola de besos, dándole de comer y de beber, cantándole, contándole cosas y dándole las gracias por existir y por estar en mi vida. El dolor ahora es horrible; veo su ausencia por todas partes y sé que siempre la veré. Pero no quiero que el dolor borre lo que hemos compartido juntas, ni que me oscurezca el amor tan grande que le tengo a todas/os y cada una/o de quienes ya no están aquí físicamente. Ahora tengo grabados a fuego esos últimos momentos, pero también estas noches en las que he estado durmiendo con ella, cuando ha estado en el sofá conmigo viendo Grantchester, o ayer que nos zampamos dos pelis de Star Trek. Me quedo con el susto tan grande - que afortunadamente se quedó en eso - que me pegó cuando huyendo de otro perro se cayó de espaldas y se refugió conmigo; me quedo con esos ojos que miraban fijamente al trozo de comida que tuviéramos en la mano y esa boca que empezaba a babear; me quedo con ese gruñido que pegaba cuando dejabas de acariciarla y quería más; me quedo con esa cabeza colgando del sofá cuando estaba fritica, con esos arañazos en la puerta para entrar cuando tiraban petardos, con esas carreras para entrar a casa por la noche, con esos pasos subiendo la escalera que se paraban automáticamente si Michi estaba en el camino, con ese cuerpo en la cama que me ha acompañado tantas veces cuando Matthias estaba fuera (he llegado a dormir con Michi, Mani y Princesse; con Portos, imposible) y también cuando Matthias estaba aquí. La de veces que se ha acomodado a su lado antes de que yo llegara; la de veces que se ha acurrucado junto a mis piernas.


La Nati Abascal canina (según Carmen Aguilera). Más quisiera Nati Abascal ¿no, armen?


Me quedo también con esos pasitos lentos que daba en los últimos días, con la alegría cuando se levantaba sola, pero también con el dolor que me producía ver que no se podía levantar. Me quedo con esos ojos que buscaban a Matthias, con esa devoción. Me quedo con todo, porque todo esto y mucho más es lo que da forma a mi relación con Princesse. Me quedo con el amor, con mucho amor. Sé que ha recibido mucho y espero que sepa lo mucho que he recibido yo de ella. Lo mucho que sé que voy a seguir recibiendo, porque la voy a querer siempre. Le ha dado a mi vida un color aPrincesado y ese color no se va a ir nunca, aunque ahora esté rabiando de dolor.

Vagueando en su sillón preferido, antes de que lo fuera el sofá
Me quedo contigo, Princesse. Corre como tú sabes, encuentra a quienes te estaban esperando y espéranos. Si no es mucho pedir, hazte sentir.
Te quiero, mi Pinchelinda.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Mi Natichurri, Natilinda

Johnny con Nati. Nochebuena de 2013. Llevaba 4 días en casa.

Otra vez escribo con el corazón roto y los ojos llenos de lágrimas, desde la misma mesa donde le he estado haciendo las curas a mi Nati durante casi tres semanas. Y me cuesta ver la pantalla, pero quiero hacerle su homenaje, porque se me ha ido. A pesar de todo, han sido tres semanas de un amor inmenso, de ilusión viendo como mejoraba, de tristeza por verla aislada de sus compis y deseando que mejorara para devolverla con Chuli, Trisky y Blue(sky). El domingo estuvo rara, pero mejoró y el lunes pensé que me la podía llevar a casa. Las patitas habían empeorado y no pudo ser. Zapatitos para los clavos: primero - bromeé - unos Jimmy Choo, después unos Manolo Blahnik. Todo iba bien, estaba mejorando, más activa. Iba a rallarle zanahoria cruda. He subido ilusionada para ver cómo estaba, esperando econtrarla como la dejé esta mañana, con su cabecilla asustada, intentando andar con sus zapatuelos. No he visto la cabeza, sólo he visto su cola. Y lo he sabido todo.
Han sido tres semanas extrañas, Nati. Semanas de cuidado, de muchísimo amor, pero también de un sentimiento de culpa atroz que siempre me persigue cuando pienso que tendría que haber visto, que tendría que haber actuado antes. Puede que al final te haya llevado el estrés de tener que visitar al vete cada día para los pinchazos y las curas. No sé qué habrá sido, pero tu tiempo aquí conmigo ha sido muy corto, ni siquiera dos años y medio. Pero ¡ay! ¡cómo te he llegado a querer! ¡cuánto te quiero, Natichurri! Queda el amor; siempre, siempre queda el amor, junto a este dolor que me ahoga.
Todo lo que me rodea me habla de ti y me hace añicos: las vitaminas, el cuentagotas, el mijo, los granos que salpican todos los lugares donde hemos ido poniendo tu jaulita de convalecencia. Y me dicen que ya no estás, y que te has ido en un espacio pequeño y no en tu fantástica jaula-mansión.
Siento haberte tenido que enterrar con tus zapatitos. Imposible quitártelos sin pensar que podía romperte alguna patita. Espero que no te importe que te haya puesto con Misi (y el gato pastará con la periquita) seguro que estás bien con ese pequeñito laurel de Daphne que he sacado de su tiestecito para ponerlo a tu lado.
Vuela libre, Nati. Saluda a Johnny, que se fue hace poco más de un año, y a los demás, aunque no compartieras espacio con ellos.
Hasta que nos volvamos a encontrar. Te quiero.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Justicia poética

Si algún asomo de duda me quedaba - ínfimo, apenas perceptible - sobre mi sensación de que Tordesillas está ubicado en un continuo espacio-temporal que se ha quedado en el medievo y que está habitado por una mayoría de psicópatas, todas ellas me han sido despejadas cuando me he enterado de cómo se desarrollaron los acontecimientos ayer. Digo que las dudas que me quedaban eran ínfimas porque la larga trayectoria de este vergonzoso "torneo" ha dado muestras de lo que son capaces los especímenes del Australopithecus Tordillensis. Corrobora, igualmente, que quien es capaz de disfrutar inflingiendo semejante crueldad a un ser vivo, lo hará, llegado el momento, con cualquier ser vivo, humano o no humano. Ayer estuvieron a punto de hacerlo, soltando a Rompesuelas frente a los y las activistas que trataban de evitar la ejecución de la masacre, e impidiéndoles ponerse a resguardo en la barrera cuando se dieron cuenta de que el toro estaba suelto. "No la dejes subir", le dijo a su compañero uno de estos mierdas; otro le pegó una patada en la boca a una activista que intentaba subir a la barrera, con un "Ahora jódete zorra y vete con el puto toro". Pura poesía. Y que esta chusma siga viva y Rompesuelas muerto, a mí me hacer hervir la sangre.

Con el estómago encogido desde que hace un mes conocí el rostro y el nombre de Rompesuelas, me pasé la mañana de ayer deseando como ya no podía desear más que el toro corriera, que corriera mucho, que llegara al límite donde podría salvarse. Y me sigo sorprendiendo de mi ingenuidad, como si ya no supiera que estos sádicos psicópatas no respetan ni la vida, ni las reglas. "¿Las re-quéeee? Eso qué es lo que eeeeees". Deseé que Elegido hubiese sido el último, que Rompesuelas se librara y que tuviéramos otro año por delante para terminar con esta salvajada. Hice pactos con el Universo, con la Virgen de la Peña, con la de las Angustias, y le puse una varita de incienso a Ganesha para que quitara todos los obstáculos que impidieran a Rompesuelas correr. Visualicé los titulares: "Rompesuelas vivo" "Rompesuelas indultado". Y no pudo ser - a pesar de que Rompesuelas llegó al ímite donde en teoría debería haber estado a salvo - porque la chusma, sedienta de sangre, tenía que ver al toro muerto sí o sí. En días anteriores, había deseado que, si Rompesuelas no se podía salvar, al menos se llevara a alguien por delante, cuantos más mejor. Sí, lo confieso sin rubor. Pero ayer no quise que nada enturbiara esa concentración en mantener la esperanza por Rompesuelas. "Corre, Rompesuelas." "Escápate, Rompesuelas." "Rompesuelas se salva".

Rompesuelas corrió, pero no se salvó. Y toda esa esperanza salió de repente, desaforada, materializándose en un torrente de lágrimas y en un vómito repentino que no pude controlar. Ahí se quedó la esperanza, dejando lugar para un dolor profundo, desgarrador, acompañado de un odio caliente, insondable, que me lleva a desearles la peor de las muertes a esta escoria humana.

Ese dolor, mezclado con ese odio, no ha parado de llorar por Rompesuelas, al tiempo que no ha dejado de desear que un francotirador acabe con cada uno de los que levantan su lanza contra el toro, para que ninguna llegue a su destino. Y fantasea con la idea de que un virus selectivo termine con todos los especímenes del Australopithecus Tordesillensis - hombres y mujeres - y que no afecte al resto de los animales, ni a los niños y niñas (todavía hay esperanza) ni al resto de tordesillanos y tordesillanas que no pueden alzar su voz contra esta barbarie - y los hay -  asustados por las represalias de las que serían víctimas por parte de sus paisanos. Lo dicho, un virus letal que acabe contra el Australopithecus Tordesillensis. Y la Marga que esto escribe se habría horrorizado hace un tiempo por regodearse con semejante escenario, pero es que ya no le queda lugar para gastar misericordia con quien no la merece. Uf, merecer. Peliagudo verbo. Sé muy bien que no soy nadie para juzgar quién merece o no morir, pero lo cierto es que no puedo sentir pena por el sufrimiento de quien lo inflinge conscientemente por puro placer. Y no lamento no sentirlo. Es lo que hay.

Puestas a imaginar, imagino un final que dé por terminado el torneo definitivamente; un final a lo Zoo, la novela de James Patterson de la que hace poco se estrenó una serie de televisión. Imagino a Rompesuelas haciendo el mismo recorrido que sus predecesores, dirigiéndose hacia el campo donde le espera su destino, asustado por lo extraño de la situación pero certero en su paso. Imagino a los Australopithecus detrás de él; algunos a caballo, otros  y otras a pie, unos lanza en ristre, otras y otros simplemente acompañando, disfrutando del espectáculo, sedientos de sangre. Rompesuelas echa a correr, salta el vallado y la persecución empieza. Llegado a un punto, se vuelve a sus perseguidores y, como respondiendo a una llamada inaudible, los caballos se ponen nerviosos, relinchan, se encabritan y tiran a sus jinetes. Unos se parten el cuello, otros se clavan la lanza y yo ni me inmuto. Estoy extasiada. Los caballos escapan y algunos, en su huída, pisotean a otros tantos jinetes. Y sigo sin inmutarme. La multitud aún no entiende qué está pasando, sin saber que lo mejor está por venir. No sé de dónde han salido, pero el campo empieza a llenarse de toros. Caminan sosegadamente pero con determinación, sin pararse a olfatear, ni a mordisquear. Normalmente no tienen interés alguno por los humanos, pero estos Australopithecus Tordesillensis parecen llamar su atención. Para cuando la chusma quiere darse cuenta, están dentro de una elipsis irregular cuyo final no alcanzan a ver, aunque sienten que están rodeados. Rompesuelas, el elegido de este año, empieza a correr, y como una ola, todos los demás toros se movilizan, transformándose en un ejército destructor. Rompesuelas corre, corre, y con él todos los toros que la vista no llega a abarcar. Y se llevan por delante a quienes se encuentran en su camino. No mercy. Quien no participa en el torneo, evidentemente, queda a salvo, igual que los niños, niñas, perros y perras que no están allí por elección  La naturaleza es selectiva y queda extinta esta variante Tordesillense del Australopithecus.

Lo sé, lo sé. El placer que me producen estas ensoñaciones me sitúa muy cerca de estos seres despreciables a los que quiero ver exterminados. Puede ser. Yo lo siento más como un placer producido por un caso de justicia poética. Ya que la divina y la humana parecen brillar por su ausencia, me da la sensación de que la poética es en estos días la única forma de justicia que nos queda.

Y no, por favor, no me vengáis con el rollo de que la vida humana vale más que la no humana y demás zarandajas. Ninguna vida tiene un valor intrínseco superior a cualquier otra. Para cada ser vivo, su vida es única. El valor que le damos a cualquier vida es siempre extrínseco: mi vida vale más (para mí)  que la del vecino del cuarto, y para el vecino del cuarto la suya vale más que la mía. Lógico. Podemos pensar que la vida de alguien que está trabajando en encontrar una cura contra el cáncer vale más que la de una profesora de literatura inglesa, y así hasta el infinito, dependiendo de lo que cada cual valore más. Pero ese valor, insisto, no es nunca intrínseco. Para mí, la vida de cualquier animal, humano o no humano, vale mucho más, infinitamente más que la del animal humano que lo maltrata. Y así, hago mías las palabras de Ricky Gervais que tan polémicas fueron este verano:  “The truth is, I do prefer the bull to win. I’ve said very often, I’d rather you didn’t fight a bull. But, if you do, if you choose to torture an animal to death, for fun, I hope it defends itself.”

miércoles, 12 de agosto de 2015

Caracoli-Turbo

Una semana y un día hoy del fatídico accidente, Caracoli lindo. Agarrándome a cualquier esperanza te he traído hasta aquí, pero creo que te deshaces. Y yo me rompo y no puedo perdonarme. Si sólo, si sólo, si sólo... Cuánto cambia todo en un segundo y qué distinto sería de haber hecho otra cosa. Son accidentes, me dices, pero se podían haber evitado, digo yo. Porque la víctima es otra. Tú. Y te echo de menos, tan pequeñín, saliendo de tu concha a explorar tu casa nueva, tu hogar de verano. Por tratar de cuidarte lo mejor posible, al final, en lo más tonto, caíste. Lo siento tanto. Ojalá pudiera dar marcha atrás en el tiempo y dejarte en casa, para preparar tu viaje al día siguiente, en lugar de querer controlarlo todo. ¿Me perdonas? Porque yo no puedo.